Crónicas de la ciudad donde llueve café
Valentina Vitols, escritora y fotógrafa venezolana, nos envía este pequeño relato desde Seattle.
«She’s just like you, she’s just like you»
Hay tantos loquitos sueltos en Seattle, que si con sólo verlos el corazón se me hiciera pedazos, lo que quedaría de éste sería polvillo fino. El hombre al que estoy mirando ahora repite una y otra vez una frase y lo hace proyectando la voz, sin gritar. Su inglés es bello y carece de acentos regionales. Así hablan los americanos del Pacífico Norte.
El hombre viste un parkas negro y naranja. Es alto y buenmozo. Su melena rubia, casi a la altura de los hombros, es el marco de un rostro nórdico de fuertes facciones, nariz fina y grande, y ojos azulados, fijos en quién sabe qué.
«”The stands for empty magazines, the stands for empty magazines»”, vuelve a decir.
Lo miro mientras cuento cuántas veces repite una frase antes de cambiar a la próxima. Seis veces. Estoy parada en la esquina de la Primera Avenida con la Union Street, dándole la espalda a mi café favorito, Stella Caffe. El aroma me abraza mientras espero a que mi esposo pase por mí. La hermosa voz del lunático me hipnotiza. Ahora sólo lo escucho. Mis ojos prefieren desviarse y coquetear, desde el otro lado de la calle, con el Hombre del Martillo y el Museo de Arte de Seattle.
«”Drink it all, drink it all, drink it all, drink it all, drink it all, drink it all»”
Siento una mano posarse sobre mi hombro. Sarah, la chica que atiende en Stella, extiende su mano y me entrega un latte humeante, hecho con leche de soya y espolvoreado con cacao en polvo. Sobre su pecho descansan las filigranas de sus sensuales y coloridos tatuajes. Su piel se pone de gallina. Hace frío y ambas temblamos ligeramente.
«”Hazle caso, querida»”, me dice Sarah, señalando al hombre. Intercambiamos el vaso de cartón blanco y nuestras uñas (las suyas rojas sangre, las mías rosa brillante) se saludan al rozar. Ella sonríe, hace una mueca afectuosa y huye del frío. El verano está llegando a su fin y el coffee shop season está por comenzar en Seattle. Dentro del Stella suena Café Tacuba. Mientras doy sorbitos a mi bebida, deseo tener el valor de acercarme al loquito de la melena rubia que repite eternamente las frases y decirle que con dos veces basta. Pero me conformo con seguir escuchando sus cantos, en esa voz que suena tan inquietantemente cuerda.



