¡Tú! Lleva este mensaje
Hay hombres que nunca se jubilan, Juan Gargurevich es uno de ellos: periodista, maestro e historiador de la prensa. Acaba de publicar el libro Historia de periodistas. Hoy, a sus 75 años, recuerda un evento acontecido en un café de Lima que nunca pudo olvidar. Este es un texto escrito a partir de una entrevista.
EL EPICENTRO DE LA VIDA EN LIMA en los cincuenta y sesenta fue la Plaza San Martín. Todo ocurría cerca de ese lugar, todo giraba a su alrededor. Diarios como La Prensa, La Crónica, La Tribuna, El Comercio y La Nación estaban a pocas cuadras. Al salir del trabajo, uno se encontraba con muchos colegas y una variopinta oferta de cafés. El Café San Martín, por ejemplo, o un lugar llamado El Yugoslavo, en donde se daban cita los reporteros de La Prensa y Última Hora, a tomar una taza grande conocida como cafiote. Corría 1953. Yo tenía 19 años, y trabajaba en La Crónica.
Un día, un redactor entró corriendo a la sala de redacción para anunciar a voz en cuello que la policía había tomado por asalto las instalaciones del diario La Prensa. Mi jefe y yo salimos para ver qué pasaba. Nos fuimos a la Plaza San Martín y nos encontramos con un grupo numeroso de periodistas de ese diario que nos contaron que habían sido desalojados y que se habían resistido a ser trasladados a la prisión de Lima. Indignados, marchaban cantando el himno nacional. Todos los que estábamos allí nos quedamos muy preocupados por lo que estaba sucediendo en Lima, y fuimos a reunirnos a un café. Esa noche se llevó a cabo una sesión y surgió la idea de alertar sobre lo que pasaba a la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Un periodista más cuajado se ofreció a redactar el cable de noticias y cuando terminó se dirigió a mí y dijo: «¡Tú! Lleva este mensaje al All American Cables», un lugar ubicado al costado de El Comercio. Tomé el papel y sin pensarlo me dirigí raudo al lugar. Al llegar a la esquina divisé el edificio rodeado de policías. Avancé resuelto y me dejaron pasar. Una vez dentro, logré transmitir la noticia al mundo. En ese instante recién me di cuenta de que me había estado jugando el pellejo, pues si la policía se enteraba de lo que había hecho me enviaba directo a la cárcel. A los quince días de ocurrido este incidente, supe que la SIP había premiado a ese señor cuajado que me había enviado a la boca del lobo y que había escrito aquel cable de alerta. Probablemente se merecía ese reconocimiento, pero yo nunca he podido olvidar ese momento.



