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21 Agosto 2009

El seductor de la tercera

Hay un cuento de Julio Cortázar en el que sus personajes, a fuerza de verse en el mismo lugar y a la misma hora, desarrollan cierta familiaridad. Este relato trata de eso y de cómo una propuesta inesperada trastoca la rutina de una de nuestras lectoras.


DURANTE muchos años he sido «caserita» de muchos cafés en San Isidro. Siempre acompañaba a mi madre a todos ellos a pasar un rato agradable, conversar como buenas amigas y disiparme de los problemas que tenía en esos momentos. Mucha gente admiraba esa relación madre-hija que teníamos y nos miraban de reojo con curiosidad para calcular nuestras edades y cuánto nos parecíamos o diferenciábamos una de la otra. Mi madre, debo decirlo, es mucho más guapa que yo. Me lleva veinticinco años, y sin darme cuenta había heredado de ella un sinfín de costumbres tan triviales como levantar una copa o devolver un saludo. Durante esa época fui conociendo a mucha gente que frecuentaba estos lugares a la misma hora, y con los cuales nos unía el gusto por una conversación agradable y una rica taza de café.

Nunca olvidaré que en uno de estos cafés había una mesa muy conocida de señores mayores, todos muy correctos y educados, con los cuales algunas veces nos saludábamos, y quienes en alguna ocasión nos hicieron saber de su admiración por esta relación tan cercana de madre e hija. Lo curioso ocurrió dos años después, cuando un día me presenté sola al café. Había quedado en encontrarme con tres amigas. Mientras las esperaba, ¡oh sorpresa!, se me acercó el mozo con una canasta de galletas. Cuando le pregunté quién había mandado ese regalo, me señaló a uno de esos señores, ya entradito en años, que siempre nos saludaba a mi madre y a mí. Ante este gesto no se me ocurrió otra cosa que acercarme para agradecerle el detalle. En ese momento escuché una frase que nunca podré olvidar: «Por fin una chica tan guapa viene sola». Nunca imaginé que mi madre podría ser mi gran protectora ante la mirada supuestamente inocente de estos señores. Dos minutos después, todavía sola en el café, me sorprendió otro obsequio. Esta vez se trataba de una canasta de chocolates. Lo miré al viejito galante, él me miró y me sonrió, para luego acercarse a mi mesa y soltarme la siguiente frase: «¿Cuándo almorzamos?». Lo único que se me ocurrió responderle en ese instante fue: «¡Está bien difícil!».

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Editor: Renato Arce
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