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26 Julio 2009

La venganza

NOS CITAMOS A LAS SIETE de la noche. Yo escogí el lugar con el único y malicioso afán de avergonzarlo. Un intelectual izquierdoso con fisonomía de hipopótamo y pelo facial de Neandertal en un café sanisidrino de líneas minimalistas y cucharitas pequeñitas que parecían ser devoradas por sus regordetes dedos. ¿Cómo es que una chica que sabe quién es Christian Lacroix estuvo enamorada de alguien así? Antes de entrar al local, lo miré un par de segundos por el vidrio de la ventana; me dio risa, pero me dio más pena. La barba, los lentes, el jean pasado de moda, el blazer mal entallado y las zapatillas casuales. Me acerqué y no lo besé, lo dejé en el aire y pude leer su pensamiento: «¿Qué hago aquí en este bastión del capitalismo?». No es una broma, él es de pensar ese tipo de cosas y peor aún de decirlas en público. En fin, otro de los motivos para citarlo fuera de su hábitat fue para que sintiese lo que yo sentía cada vez que salíamos juntos por una copa y me llevaba al bar más innombrable del distrito de Barranco. Ahí todos me miraban como un objeto de estudio sociológico cuando daba la casualidad de que intentaba pedir un Martini.

 

En fin, sentados el uno frente al otro nos miramos, o mejor dicho, vi cómo me admiraba mientras tomaba un sorbo de su espresso. Antes de que comenzara a explicarme alguna teoría platónica del amor, le dije: «Hemos terminado, necesito mis discos y mis libros». Ésa fue la última vez que nos vimos. No lo extraño, pero sí me acuerdo de él. En especial cada vez que un gordito barbón se me acerca en un café y me recomienda leer algún autor pretencioso al notar que estoy leyendo a Schopenhauer. A decir verdad, nunca he tenido que pasar de la segunda página del libro que pretendo estar leyendo antes de que uno de ellos caiga. Es que, en cierta forma, esos hombres son para mí como el café: amargos, oscuros, pero no puedo dejar de tomarlos.

 

*Un relato de Jessica Ramírez, periodista, procastinadora y compradora compulsiva.

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Editor: Renato Arce
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